Alejandro la miraba desde arriba con aire triunfante:
—Ana, mejor ahorra tus energías. ¡Con esta droga, hasta la más digna terminará arrastrándose como una miserable perra!
A pesar del malestar que invadía todo su cuerpo, Ana logró responder:
—¡Alejandro, esto es un delito!
Como si hubiera escuchado un gracioso chiste, Alejandro soltó una carcajada vulgar. Cuando finalmente se calmó, le respondió:
—Ana, ¿qué pruebas tienes de que estoy cometiendo un delito? No he hecho nada en lo absoluto.
Sabía