Ares
Nora ni siquiera me escuchó. Salió precipitadamente del consultorio, y atravesó el pasillo como un rayo, antes de que lograse decir nada más.
Corrí tras ella, a través de la recepción, esperando alcanzarla antes de que saliese fuera de la clínica. Estaba ciega de dolor y aturdida por la noticia. Me preocupaba realmente lo que pudiese llegar a hacer.
—Señor D’ Amico —me llamó la recepcionista al verme, ofreciéndome una sonrisa encantadora —. Necesito sus datos para cargarlos al sistema,