Nora
Ares abrió la puerta de la lujosa suite, negándose a bajarme, por lo que rodee su cuello con los brazos y me apreté contra él, riendo.
—Dímelo otra vez —. Le pedí dejando descansar la cabeza en el pliegue de su cuello, en tanto entrabamos al vestíbulo en tono marfil.
—La amo, señora D´ Amico y déjeme decirle que me ha convertido en el hombre más feliz de este mundo —suspiré nuevamente al escucharlo y alcé el rostro hacia él, lo que le permitió atrapar mis labios. Me besó con cuidado prim