Adriano acaba de darle órdenes como si fuera una niña y la había dejado ahí sola en la terraza, además de lo incómodo que había sido aguantarse la insolencia de la tal Livia.
Angelina se limpió la cara de nuevo en cuanto Adriano se alejó, parecía que estaba destinada a pasar el resto de sus días llorando, eso era claro.
— ¿Y ahora qué haré? — Susurró para sí misma — ¡No puede ser que me convertiré en la dama de compañía de un maníaco narcisista! ¡Y su juguete nuevo para exhibir delante de sus