Adriano se relamió el labio mientras sentía como su masculinidad se endurecía y comenzaba a reclamarle desahogo.
Observó como el pecho de la joven subía y bajaba lentamente con la tranquilidad de quien está aislada de sentirse en peligro.
« ¡Qué inocente es! », él pensó, « Es una alma pura e ingenua, no tiene idea del peligro al cual se enfrenta estando cerca de mí, no sospecha ni un ápice lo que soy, ni lo que puedo llegar a ser, como tampoco lo que puede sucederle cerca de alguien como yo…»