El viento se arremolinaba en el interior de la cueva, llevando consigo el hedor metálico de la sangre y la muerte. Edmund, de pie entre los cadáveres de sus enemigos, saboreaba su victoria. Pero entonces, un ligero cambio en el aire le puso en alerta. Algo diferente, algo poderoso, se estaba acercando.
Aidan aparecio justamente en todo aquel lugar sangriento sus ojos verdes resplandecian como esmerealdas al fuego, y su cabello castano se agitaba con el viento que parecia obedecer a su voluntad.