CAPÍTULO ONCE

Él gimió ligeramente, y las mejillas de Elara estaban sonrojadas, su ritmo cardíaco acelerado, la piel caliente. ¿Qué se suponía que debía hacer con un cuerpo omega tan… así?

Silas se aferró aún más a las sábanas, la tela arrugándose y tensándose bajo la fuerza de sus manos, sus ojos ya en blanco. Apenas podía respirar, sus pulmones fallando mientras el aire en la habitación se saturaba con el dulce y pesado aroma de su rendición. Un grito intenso surgió de lo más profundo de su ser cuando sint
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