Aventando los documentos que llevaba en la mano a su escritorio, Stefan tomó asiento en su silla giratoria de un solo golpe. No lo podía creer, juraba que no lo podía creer.
Riendo, entró Ricardo detrás de su amigo.
—¿Qué es lo que te pasa ahora, Stefan? —Preguntó Ricardo.
—¿De qué te ríes, imbécil?
—Uy, no te desquites conmigo.
Stefan suspiró. Tenía razón, podía desquitarse con todos menos con su mejor amigo, el único que había estado para él en sus momentos más terribles.
—¡Es que no soporto