Caminando de un lado a otro, sabiendo que no conocían a nadie pero comportándose como si lo hicieran, Antonio y Fernanda bebían de sus copas mientras andaban de aquí para allá. María Fernanda tenía una única carta que jugar y esa era con la que se estaba presentando. Ella era la autora de tan deliciosos bocadillos, sin contar todavía la cena, las decoraciones de la mesa, las decoraciones del salón y quizá, todo en general.
—Esto es exquisito. No puedo creer que lo haya hecho usted, junto con la