El amanecer en la mansión Arriaga llegó con una calma inquietante. Los rayos de sol filtraban suavemente por las ventanas de la habitación de Leonardo, pero él no podía disfrutar de la serenidad del nuevo día. Estaba sentado al borde de la cama, con las manos entrelazadas, observando el vacío frente a él. La decisión que había tomado la noche anterior lo pesaba más de lo que había anticipado.
Había decidido tomar ese maldito viaje con Camila, pero en el fondo sabía que no era la distancia lo qu