El reloj marcaba las siete de la mañana cuando Isabela entró al restaurante del hotel. Había pasado la noche más larga de su vida, y aunque sus ojos seguían hinchados por el llanto, se obligó a mostrarse tranquila ante los empleados del lugar. Era una mujer de familia respetada, y lo último que quería era parecer derrotada frente a extraños.
Llevaba un sencillo vestido azul claro que había encontrado en su maleta, nada comparable al esplendor del traje de novia que aún estaba arrumbado en el s