El amanecer en la mansión Arriaga era tan silencioso como imponente, pero no para Camila, quien ya estaba en pie, como era su costumbre, paseándose por los amplios pasillos con aire altivo. Todo parecía en calma hasta que una de las mucamas se acercó apresurada.
—Señora Camila, algo que tal vez le interese —dijo la empleada, inclinándose ligeramente en señal de respeto.
Camila arqueó una ceja, intrigada.
—Habla, ¿qué es eso tan importante?
La mujer titubeó, consciente de que lo que estaba a pun