Capítulo ciento seis. Hilos invisibles
— — — — Narra Brad Lancaster — — — —
El sonido del reloj en la sala marcaba las horas como un látido seco. Uno, dos, tres. Cada segundo parecía subrayar mi impotencia. Amy dormía en la habitación, y yo seguía en el sillón, con la libreta en el regazo y la mirada perdida en el techo.
No podía dormir. No después de la forma en que Arthur me miró. No después de su última frase: “No todos los hijos están destinados a ser vistos. Algunos fueron creados para ser