Capítulo ciento cuatro. Voces que no callan
— — — — Narra Brad Lancaster — — — —
El reloj marcaba las cinco de la tarde cuando entré al estudio, cerrando la puerta con suavidad. No quería despertar a Amy, que dormía en nuestra habitación después de un día agotador. Sus manos aún temblaban cuando me despidió al mediodía, su piel pálida, los ojos apagados. Desde que regresé de la cárcel, sentí que no volví a respirar con normalidad. Arthur había hecho de las palabras un laberinto; cada frase suya