Era tan duro, pensó Katherine.
Se apoyó en él. Le daban ganas de reírse por el poder embriagador que ejercía sobre él. Recorrió con sus labios la dureza de su mandíbula hasta llegar a la carne de su garganta, mientras sus dedos se aferraban a su cuello para exponer más de él a su boca.
No podía imaginarse en ningún otro lugar donde preferiría estar en ese momento que en sus brazos.
El sonido de un coche entrando en el camino de entrada los devolvió a la realidad. Se detuvieron.
Katherine se apa