Detrás del mostrador, una joven de aspecto alegre le sonrió cálidamente al acercarse.
—Buenos días, señor Packard —dijo—. Bienvenido. Supongo que viene a ver a la señora Packard.
Él le devolvió la sonrisa. —¿Está aquí? —preguntó.
—Sí. Pero no está ahora mismo. Si espera en su despacho, la llamaré enseguida. ¿Le apetece un café? —preguntó.
—No, gracias —respondió él, sin estar seguro de poder retener nada en el estómago.
Ella se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, dejando a Jensen allí de p