Estaba en mi despacho sentado en el sillón que había detrás de la mesa de despacho, con la mirada completamente perdida, recordando la noche anterior cuando tuve a mi mujer en mis brazos haciéndole el amor hasta que morfeo se adueñó de nuestros cuerpos. Los besos apasionados que nos cortaba la respiración y le exigia a Rebeca continuamente el roce de sus suaves labios con los míos. Nuestros gemidos de excitación y cuando llegamos los dos casi al mismo tiempo al clímax. Dios cómo deseaba estar a