El estómago se me encoge mientras veo a David avanzar hacia mí.
Parece cansado, exhausto incluso, pero no hay duda de que su presencia sigue dominando la habitación. La gente retrocede, acobardada. Incluso los matones que intentaban sacarme aflojan su agarre.
—Soltadla —gruñe David.
—Está invadiendo…
—He dicho que la soltéis —repite, antes de golpear con la culata de su pistola aún humeante la nariz del tipo de mi izquierda. El hombre suelta las manos y se tambalea, sujetándose la cara ensangre