Capítulo 02: ¡Busco un nuevo esposo!
Kiara apartó su mano del agarre de Sigmund y comenzó a levantarse, tambaleándose.
—Kiara, no te vayas sin pedirle perdón a Melina —rugió Sigmund.
Kiara ignoró sus palabras y caminó hacia la salida.
—¡Kiara, te estoy hablando! —exigió él con más rudeza.
Ella se detuvo en el umbral y volvió a verlo por encima del hombro.
—¿Ella o tú se han disculpado conmigo alguna de las cinco veces que, por culpa de ustedes, la boda no se celebró? Tomé del cáliz yo sola, Sigmund. Te esperé… Confié en ti.
Kiara dio otro paso para marcharse.
Pero, en ese instante, Sigmund apareció detrás de ella con la velocidad propia de un Alfa y la sujetó por la cintura, impidiéndole irse, sin importarle que estuviera empapada, cubierta de lodo o manchada de sangre.
Él abrazó a Kiara.
Ella se quedó inmóvil entre sus brazos, mientras él la rodeaba con firmeza desde atrás.
—Tienes razón. Lo siento, Kiara. De verdad pienso casarme contigo.
Sigmund se quitó el anillo del segundo Alfa y lo colocó en la mano de ella.
—Es mi promesa ante la Diosa. Estaré en nuestra última oportunidad.
Ella apretó el anillo entre los dedos. Si volvía a fallarle… moriría.
Kiara se soltó y caminó casi huyendo de él.
—Ya lo veremos. No me falles ese día, Sigmund.
Finalmente, la Omega salió de la mansión.
La tormenta seguía rugiendo entre relámpagos, fuertes vientos y una lluvia implacable.
Y justo entonces, otro ataque de tos la sacudió con violencia.
Se inclinó, vomitando sangre sobre el césped, antes de desplomarse sobre el húmedo suelo.
…………
Kiara abrió los ojos. Reconoció al instante la habitación: era una del castillo del Rey Alfa, su cuñado.
Se incorporó de golpe, pero el mareo la obligó a detenerse.
Vestía una bata limpia, el brazo herido estaba vendado, y el aire olía a hierbas medicinales.
Muy cerca de la cama, la sanadora más longeva de la manada acomodaba con paciencia varios frascos de cristal.
—Ya despertaste, mi niña —sonrió la anciana.
Fuera, la tormenta seguía rugiendo.
—¿Usted me trajo aquí?
La anciana negó con la cabeza.
—El Rey Alfa me pidió que te atendiera. Uno de sus lobos de confianza te trajo.
Kiara desvió la mirada. La anciana le entregó un pequeño frasco rojo.
—Es un ungüento para tu brazo. Uno muy especial. El Alfa te lo obsequia.
—¿Mi cuñado…? Él… ¿Ha vuelto de su viaje?
—Todavía no. Pero ya sabe que el ritual volvió a fallar.
Kiara sintió cómo el pecho se le encogía.
“Alfa debe estar decepcionado… me acoge en su manada, no puedo usar mis dones… y ni siquiera logro completar un ritual de unión…”
—También sabe que tu vida depende de ello —continuó la anciana con serenidad—. Por eso me dejó un mensaje: que no renuncies… —la anciana hizo una breve pausa—. El Alfa quiere que lo intentes la última vez, cree que saldrá bien.
Kiara bajó la mirada hacia el pequeño frasco, sus dedos comenzaron a apretarlo con fuerza.
Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil.
Después soltó un profundo suspiro, levantó lentamente el rostro y asintió.
—Lo haré.
………….
En la actualidad.
El reloj ceremonial estaba por alcanzar el límite de la sexta luna plateada.
Solo faltaban quince minutos para que el ritual fuera declarado un fracaso.
—Por mi vida… una última vez… —susurró Kiara, apenas audible para ella misma, mientras los presentes seguían murmurando y burlándose de ella.
«No vamos a morir aquí, Kyna», le dijo internamente a su loba. «Esta noche concluiré el Ritual de Unión. Sea con Sigmund o con otro macho, sobreviviremos.»
Ella respiró profundamente, tratando de contener el miedo que amenazaba con paralizarla.
Ya había esperado demasiado y confiado en vano.
No volvería a quedarse sentada esperando a un hombre que la había abandonado una y otra vez.
—¡Escúchenme todos! —alzó la voz, captando la atención de los presentes.
Las conversaciones fueron apagándose poco a poco. Decenas de miradas se posaron en ella.
—¿Ya se va a despedir? Bueno, nunca sirvió para nada. Su muerte no afectará a la manada —rió con burla uno de los invitados.
Varias risas lo acompañaron.
Kiara frunció el ceño, pero no les dio el gusto de responder.
—Estoy ofreciendo mi mano en matrimonio a cualquier macho de Luna de Plata que esté aquí presente —declaró la Omega con total seriedad.
El templo se quedó en silencio unos segundos. Las miradas curiosas se clavaron sobre ella.
Algunos intercambiaron miradas de sorpresa y otros comenzaron a sonreír con burla.
—¿Y qué estás dispuesta a ofrecer, Omega? Tú no vales nada~ —se burló uno de los machos presentes.
—Podría tomarte como esclava —se burló otro—. Pero como esposa serías una vergüenza. Seguro ni siquiera servirías de amante~
Kiara chasqueó los dientes.
Metió la mano en el bolsillo oculto de la falda de su vestido blanco.
—Quien me acepte tendrá esto.
Ella sacó un antiguo medallón suspendido de una elegante cadena plateada. El metal brilló bajo la luz de la luna.
—Es una reliquia —continuó Kiara—. El único objeto de valor que me dejaron mis ancestros y…
Kiara ni siquiera alcanzó a terminar la frase. Cuando las carcajadas estallaron por todo el templo.
Todos se reían de ella.
La miraban como si fuera la mayor tonta de la manada.
—¿Una reliquia? ¿Tú con una reliquia ancestral? ¡Ja! Sí, cómo no. Yo también tengo una. Me la compré ayer en el mercado del pueblo~ —bufó uno de los machos.
Las risas aumentaron todavía más.
Kiara sintió cómo el calor le subía por las mejillas, sintiéndose totalmente avergonzada.
Apretó el medallón con fuerza entre los dedos.
Nadie le creía.
Y no tenía forma de demostrar que aquella reliquia era auténtica.
Justo en ese momento, las grandes puertas del templo se abrieron de par en par.
Una imponente presencia Alfa dominó el recinto al instante.
Las dominantes feromonas del recién llegado se extendieron por todo el templo, extinguiendo todas las burlas como si jamás hubieran existido.
Los invitados guardaron silencio ante el Rey Alfa.
Los guardias enderezaron la espalda de inmediato.
Incluso varios Alfas desviaron la mirada por puro instinto.
Y la Omega… ella permaneció inmóvil. Con sus ojos verdes fijos en ese hombre lobo.
El alto Alfa, de casi un metro noventa, avanzó con pasos firmes por el pasillo central.
El eco de sus botas altas de cuero negro acompañó su caminar, su larga capa oscura de piel descansaba sobre los hombros y vestía completamente de negro.
Nadie se atrevió a interponerse en su camino.
Cada paso aumentaba la tensión dentro del templo.
Finalmente se detuvo frente a Kiara.
En ese instante, sus intensos ojos rojo sangre se posaron sobre los de la Omega.
—Yo me casaré contigo, pequeña Kiara. Esta noche te haré mi Luna.