Capítulo 01: Una vez más rechazada.
Capítulo 01: Una vez más rechazada.
—El reloj ceremonial ya cruzó la sexta luna plateada. Él te dejó plantada cinco veces por su hermanastra. Hoy tampoco vendrá. ¿Seguirás esperándolo, Omega?
La voz burlona de un hombre lobo resonó por todo el templo ceremonial.
Casi de inmediato, varias carcajadas estallaron entre los invitados.
—Pobre ingenua. ¿De verdad creyó que nuestro segundo Alfa se casaría con una inútil como ella?
—Si no fuera porque la ley nos obliga a asistir, este templo estaría vacío. ¿Quién querría presenciar la muerte de una loba extranjera, condenada por haber sido rechazada seis veces?
La noche avanzaba sobre la manada Luna de Plata. El reloj ceremonial se acercaba a la medianoche.
Dentro del templo, el ambiente pesaba: mientras unos bostezaban y otros murmuraban, todas las miradas convergían en ella con el mismo desprecio.
Y ahí seguía la novia.
Kiara permanecía sentada en la silla del altar, bajo la gran cúpula abierta que permitía a la brillante luna llena bañarla con su luz plateada.
Sus manos a ambos lados del vestido, estaban apretadas con tanta fuerza que sus garras emergieron por un instante, rasgando la piel de sus palmas.
El dolor apenas logró distraerla.
La hembra mordió con fuerza su labio inferior para contener cualquier respuesta.
Sabía que bastaba una palabra fuera de lugar para recibir un castigo frente a toda la manada.
Lentamente abrió la mano derecha.
Sobre su palma descansaba el anillo emblemático del segundo Alfa, Sigmund.
Lo contempló unos segundos y soltó un suspiro agotado. Se puso de pie, bajó los escalones del altar y miró a los presentes.
—Él vendrá… el segundo Alfa estará aquí.
Su voz temblaba ligeramente.
Aún recordaba cuando Sigmund le puso el anillo y prometió no abandonarla nunca.
No podía haberle mentido otra vez… ¿verdad? Él vendría, se casaría con ella y salvaría su vida.
Al menos, eso era lo que Kiara necesitaba creer.
—Esperaremos un poco más.
La voz del anciano de mayor rango de la manada interrumpió el silencio.
Mientras hablaba, sostenía entre ambas manos el antiguo cáliz ceremonial, la reliquia sagrada del Ritual de Unión.
Kiara volvió la cabeza hacia él.
Sus ojos verdes brillaron con una gratitud casi desesperada antes de inclinar ligeramente la cabeza.
Sin embargo, al volver a mirar al frente, se encontró otra vez expuesta ante decenas de rostros que la observaban con un odio cada vez menos disimulado.
Entonces levantó la vista hacia el inmenso reloj del templo.
Media hora.
Solo le quedaban treinta minutos para completar el Ritual de Unión…
O moriría.
……….
Seis meses atrás.
Kiara caminaba con pasos apresurados por el pasillo de piedra en el exterior del templo ceremonial.
Sus manos recogían la larga falda blanca de su vestido de novia, y en sus ojos había una pincelada de desesperación.
“¡Diosa, llegaré tarde!”
Subió las escaleras, ansiosa.
Fuera la esperaba el lobo más longevo con el cáliz ceremonial.
—Tome antes de ingresar. Conoce el protocolo.
Ella ni siquiera respondió.
Bebió el líquido de golpe, pero casi de inmediato llevó una mano hacia su boca y tosió sangre con desesperación.
El lobo longevo ni siquiera se inmutó.
Era normal. El Ritual de Unión de Luna de Plata no era un juego.
Cada incumplimiento era una burla ante la Diosa de la luna y un castigo para quien ingería del cáliz.
Ella vio la mancha de sangre sobre su guante. Se quitó ambos guantes de inmediato, se los entregó a un guardia e ingresó.
Las grandes puertas dobles se abrieron, revelando el amplio salón de piedra blanca, con elegantes candelabros iluminando el recinto.
Una larga alfombra roja conducía hasta la alta escalinata de piedra que llevaba al altar, bajo la cúpula abierta y el brillo de la luna llena.
Pero ahí arriba, donde debería estar esperándola su prometido… no había nadie.
—Maldición… —murmuró Kiara, deteniéndose en medio del pasillo—. ¡¿Díganme dónde está?!
Volvió la mirada hacia todos los presentes.
Pero nadie le respondió.
Miradas afiladas como cuchillas, deseando hundirse en su garganta, fue todo lo que recibió.
Y solo unos minutos después, mientras ella lo buscaba con desesperación… el reloj marcó el final del quinto ritual.
Las campanas del templo comenzaron a sonar.
Kiara sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
El cielo comenzó a nublarse, ocultando la luna llena plateada especial, que aparecía una vez cada seis meses.
El pecho de la joven subía y bajaba con desesperación. Cada vez le costaba más respirar.
—Patética… Una vez más sucedió —murmuró una invitada Alfa, viéndola con desprecio.
Ella corrió fuera del templo mientras los relámpagos iluminaban el cielo y el sonido de la tormenta se acercaba, agitando con violencia las copas de los árboles.
Kiara no dudó un segundo.
Corrió de inmediato hacia la mansión del segundo Alfa, su prometido, el mismo que, con palabras de amor, le dijo hacía dos años y medio:
«Cásate conmigo, Kiara. Serás mi esposa y nunca más volverán a despreciarte.»
—¡Mentiroso! ¡Maldito mentiroso! —rugió ella, corriendo con gran esfuerzo bajo la lluvia que ya azotaba con fuerza el territorio.
Y finalmente llegó.
Se detuvo frente a las grandes puertas de la mansión.
Los guardias abrieron entre risas, como si fuera un juego del que nunca se cansaban.
Kiara corrió por los pasillos hasta la habitación de Sigmund. Dos guardianes bloqueaban la puerta.
—¡Alto! ¡No puede pasar! —rugió uno. Kiara se detuvo, empapada de pies a cabeza: el cabello deshecho, el maquillaje corrido, el vestido blanco manchado de lodo.
—Déjenme entrar. Sé que está ahí.
Intentó avanzar, pero un guardia la sujetó del brazo con rudeza. Ella golpeó la puerta con la otra mano.
—¡Sigmund! ¡Sigmund, ábreme! ¡Sé que estás…!
—Déjenla pasar.
La voz del macho se escuchó desde el interior de la habitación.
Kiara ingresó, pero apenas dio un par de pasos se quedó congelada en la entrada.
Sigmund se levantaba lentamente del borde de la cama mientras abotonaba, con una calma gélida, uno a uno los botones de su camisa blanca de manga larga.
Y ahí, sobre la amplia cama de sábanas rojas, en ropa interior negra, se encontraba Melina.
La hermanastra de los hermanos Alfa.
Melina posó sus ojos violetas sobre Kiara y soltó una pequeña sonrisa que apenas duró un instante, pero fue suficiente para hacer hervir la sangre de Kiara de furia.
Kiara corrió hacia Sigmund, extendiendo la mano, dispuesta a abofetearlo, mientras las lágrimas corrían por sus pálidas mejillas.
—¡Maldito! —gritó ella.
Pero su mano nunca impactó el rostro de Sigmund.
El alto macho, de cabello negro corto, la sujetó con rudeza de la muñeca y la acercó hacia él, con sus ojos celestes gélidos fijos en Kiara.
—¿Qué crees que haces, Kiara? Soy tu prometido. El que ha cuidado de ti desde que te trajeron aquí en desgracia. ¿Y buscas golpearme? —gruñó él, con una mirada dura y llena de furia.
—¿Eh…? —Kiara quedó perpleja.
Ella fue la plantada.
Ella era la que había quedado al borde de la muerte.
¿Y la cruel era ella?
—¡No fuiste a nuestra boda! —soltó Kiara con la voz entrecortada—. Una vez más me dejaste en vergüenza frente a toda la manada. ¡Sabes que cada ritual que ella me sabotea consume un poco más mi vida! —rugió, señalando con su mano libre a Melina.
Kiara comenzó a forcejear con tanta fuerza que al soltarse, las garras de Sigmund le arañaron el antebrazo.
—¡Ahg…! —gritó ella de dolor.
Kiara perdió el equilibrio y cayó sentada de golpe sobre la alfombra.
Delgadas líneas de sangre descendieron por su brazo hasta la mano, manchando la alfombra.
—¿Eres tan despiadada que una vez más acusas a Melina? —frunció el ceño Sigmund, indignado.
Él se acercó a Kiara, se inclinó y le sujetó el mentón con fuerza, obligándola a mirar hacia la cama, donde Melina permanecía sentada semidesnuda.
—Muéstrale, Meli —pidió Sigmund con una dulzura que nunca tenía con Kiara.
—Claro~ —respondió ella, haciendo un dulce puchero mientras apartaba la sábana.
Su pierna derecha apareció completamente vendada. Varias manchas de sangre teñían las vendas.
—Eso… —Kiara no supo qué responder.
La mirada de Sigmund se volvió más fría.
—¡Eres una egoísta, Kiara! Melina salió a entrenar. Se lastimó y quedó atrapada en una trampa. Si yo no hubiera ido a ayudarla, estaría muerta. ¿Qué era más importante? ¿Ese ritual de bodas, que todavía podemos realizar una última vez, o la vida de Meli?
El silencio reinó por unos instantes, y Kiara negó lentamente con la cabeza.
—Cinco veces… —susurró Kiara con la voz quebradiza—. Al principio también le creía a ella y sus mentiras, pero… siempre le ocurre algo el día de mi boda. ¿De verdad eres tan ciego, Sigmund?