Mundo ficciónIniciar sesión~ANNA~
Los labios de Alexander Thompson no son tan gruesos, pero sí están bien definidos y tienen suficiente carne para hincarles los dientes, pasar mi lengua por ellos y... Pestañeo ligeramente para alejar esos pensamientos de mi mente. Coloco el iPad sobre la mesa y presiono el botón de reproducción de la presentación. Mientras mi presentación se reproduce, le explico al licenciado Thompson cada punto. Como mi trabajo es algo que realmente me apasiona, todo nervio o pensamiento ajeno a él desaparece por completo. Cuando la presentación termina, me siento feliz con el resultado y por haber podido despejar todas las dudas que el licenciado Thompson tenía. Siento que ha quedado satisfecho, ya que me observa con curiosidad o hasta con admiración, podría decir. Por eso, en mi mente, me doy pequeñas palmaditas en el hombro, felicitándome a mí misma. Seguimos hablando muy animadamente sobre las propuestas que tengo para dirigir el departamento de ventas. El licenciado Thompson parece fascinado hablando conmigo sobre la empresa, los proyectos y hasta dónde quiere llegar, cuando David nos interrumpe. —La señorita Miranda al teléfono —anuncia con mucha seriedad. Escuchar su nombre provoca que mi corazón dé un brinco. —Dile que estoy ocupado, que luego la llamo —le responde con seriedad. Su semblante cambia drásticamente. Nada que ver con el entusiasmo que mostraba hace unos segundos. —Dice que es urgente. Tú sabes cómo se pone si... —Está bien. Pásala a la línea dos. Resopla profundamente. Se levanta y se acerca al escritorio mientras David cierra la puerta tras de sí. —Bueno, licenciado, yo lo dejo para que pueda atender su llamada —le digo, levantándome de mi asiento y agarrando mi iPad. El teléfono comienza a sonar y él contesta. Me hace una señal para que espere y se da la vuelta, dirigiéndose hacia una parte más alejada, frente al ventanal. —Hola, Miranda. Dime —contesta en un tono hosco. Frunce el ceño y se ve muy serio. Casi molesto, podría decir. Camino hacia el otro lado de la oficina para entretenerme viendo algunas fotografías y diplomas de mi jefe. —Sí, es la nueva directora del departamento de ventas —lo escucho decir en voz baja. Las palabras son casi inaudibles. «Vaya que sí vuelan las noticias en esta empresa». Me siento algo incómoda por estar ahí, escuchando su conversación, porque parece que ella le está reclamando que esté aquí conmigo. «¿Es en serio? Esta mujer se las da de víctima y es más perversa...» —Escúchame, este no es el momento. Hablamos luego, ¿sí? —El tono de su voz se eleva apenas. Lo veo de reojo. Con desesperación, se pasa la mano libre por el cabello, como si estuviera fastidiado por la conversación que están teniendo. —Te lo repito otra vez: hablamos luego. Adiós. Cuelga el teléfono y cierra los ojos mientras exhala. Vuelve a pasarse la mano por el cabello y se gira en mi dirección, por lo que rápidamente vuelvo a dirigir la vista hacia los cuadros de la pared. Observo fugazmente algunas fotografías en las que posa junto a algún famoso, otras en las que sostiene algún reconocimiento y una donde aparece al lado de una pareja que parece ser la de sus padres. Fijo la mirada en una fotografía en particular. Aparecen los dos en lo que parece ser una fiesta de gala. Él sonríe animadamente, luciendo demasiado guapo y desbordando elegancia en su traje negro, mientras la toma de la cintura. Y ella... Ella parece una femme fatale con su vestido rojo, que marca perfectamente su hermosa y esbelta silueta, mientras dibuja una sonrisa sexi frente a la cámara. Claro que cualquier hombre querría estar con esa preciosa rubia. Juntos se ven como una pareja perfecta. Ambos atractivos, sexis, exitosos... Pero ¿será que él es igual a ella? ¿Cómo puede estar con una mujer tan malvada? Estoy tan interesada observando la fotografía y tan sumergida en mis pensamientos que no me doy cuenta de que él está parado a mi lado hasta que carraspea un poco. «¡Dios, es tan alto!» Me veo tan pequeña a su lado con mis 1,65 metros de estatura. —Hacen una pareja perfecta —comento en voz baja, más para mí que para él. Luego me arrepiento de haberlo dicho. «¡Tonta!» ¿Cómo podría alguien como él fijarse en mí teniendo a su lado a una mujer tan guapísima? Creo que mi objetivo no dará resultado. Es casi imposible que pueda fijarse en mí teniéndola a ella. —Podría ser —me responde, dubitativo y casi sin ganas. Nos quedamos de pie, uno junto al otro, absortos en nuestros propios pensamientos. Yo, con mucha vergüenza por haber escuchado su conversación telefónica. Y él, completamente en silencio, observando la fotografía. No sé qué decir para romper el incómodo silencio. Desearía que el suelo se abriera y me tragara en ese mismo instante. —¿Desea acompañarme a almorzar, licenciada Kalthoff?






