Mundo ficciónIniciar sesión~ANNA~
Durante el transcurso de la mañana, distraigo mi mente con el trabajo. Cuando llegan las once de la mañana, comienzo a sentir nervios al ver que se acerca la hora de, al fin, conocer en persona a Alexander Thompson. Trato de distraerme leyendo algunos documentos y correos, pero es inútil. Empiezo a sentir un nudo en el estómago y todo el cuerpo me tiembla. Siempre imaginé que los nervios me jugarían en contra al estar tan cerca, porque yo no soy este tipo de persona, pero nunca pensé que sería a esta escala. Los nervios me están matando. Siento que me voy a volver loca. No soy este tipo de mujer. No sé seducir a un hombre ni jugar con sus sentimientos, y ahora que estoy tan cerca de llevar a cabo mi plan, la idea comienza a parecerme una completa locura. «¿Acaso valdrá la pena? Mejor debería marcharme, olvidar todo esto y seguir con mi vida.» El impulso de huir es tan fuerte que me levanto, agarro el teléfono y el bolso y camino hacia la puerta. «No puedo hacerlo. No puedo continuar con esta farsa.» Estoy a punto de girar la manija cuando mi teléfono comienza a sonar. Al ver el nombre de Roddy en la pantalla, todo mi cuerpo se tensa. Desde que salió de la cárcel, me llama varias veces al día. No sé cómo consiguió mi número y jamás he respondido, porque no tengo nada que hablar con él... por ahora. La llamada termina y, segundos después, aparece un mensaje en la pantalla: [[Anna, cariño, no tienes idea de la falta que me haces. Te necesito. Quiero que me perdones y vuelvas conmigo.]] La rabia desplaza de inmediato todos mis nervios. Vuelvo a verme en aquella camilla del hospital. Recuerdo el dolor, las humillaciones, los meses de depresión y todo lo que soporté a su lado mientras él me hacía creer que yo no valía nada. —¡Mierda! —maldigo, golpeando mi bolso con el puño cerrado. Cierro los ojos y respiro con dificultad. Estuve a punto de abandonar porque durante unos minutos olvidé por qué había llegado hasta aquí. Roddy y Miranda me arrebataron demasiado. Ella aún no ha pagado y debe hacerlo. Así como me quitó todo, yo también se lo quitaré a ella. Ese fue el juramento que hice ante su tumba y debo cumplirlo. Guardo el teléfono y salgo de la oficina con paso decidido. Entro en el ascensor y marco el número del último piso del edificio, donde se encuentra la Dirección General. Al abrirse las puertas, me recibe un hombre desde el escritorio de recepción. —Buen día —me saluda con una sonrisa. No puedo evitar pensar en lo que Ángela me contó. En el departamento de ventas, Miranda se ha encargado de mantener alejadas a las mujeres que considera una amenaza y, por lo visto, cerca de Alexander ni siquiera hay una. «Realmente controlas todo en este lugar, Miranda.» —Buen día. Soy la licenciada Anna Kalthoff y tengo una reunión con el licenciado Thompson. El recepcionista me observa de pies a cabeza sin disimular su desagrado. Después de comprobar mi cita en la computadora, señala el pasillo. —La última oficina a la izquierda. Su asistente la atenderá. Le agradezco y continúo mi camino, ignorando las miradas curiosas que recibo de algunas personas a mi paso. Al final del pasillo encuentro la oficina de Alexander Thompson y, frente a ella, el cubículo de su asistente. «Ja. Otro hombre.» Sonrío para mis adentros. Ángela no exageraba cuando dijo que Miranda no permitía que ninguna mujer atractiva estuviera cerca de su prometido. El asistente se levanta al verme. —Buen día, licenciada Kalthoff. Soy David Harris, asistente ejecutivo. —Buen día, David. Anna Kalthoff. Nos estrechamos la mano y él me recibe con una sonrisa amable. —El señor Thompson la espera. Por favor, sígame. Entra primero para anunciarme y luego se hace a un lado, sosteniendo la puerta. —Puede pasar. —Gracias, David. Al atravesar la puerta, los nervios amenazan con regresar. Aprieto el iPad contra mi pecho y recuerdo el mensaje de Roddy, utilizándolo para obligarme a avanzar. David me ofrece algo de tomar, pero rechazo la cortesía. Cuando sale y cierra la puerta, el silencio de la oficina hace que el taconeo de mis zapatos y los latidos de mi corazón parezcan mucho más fuertes. El lugar es amplio, elegante y sobrio. Predominan los tonos oscuros, la madera y el cristal, mientras un enorme ventanal ofrece una vista privilegiada del río Hudson. En las paredes hay diplomas, reconocimientos y algunas fotografías, pero apenas consigo prestarles atención. Un movimiento detrás del escritorio capta mi mirada. El licenciado Thompson se levanta de su asiento. Me detengo por un instante, observándolo mientras se acerca, y por muy poco no abro la boca y babeo como una tonta. Había visto fotografías suyas, pero ninguna me preparó para tenerlo frente a mí, porque no le hicieron justicia. Joder. «¿Es un hombre o es un dios lo que ven mis ojos?»






