Mundo ficciónIniciar sesión~ANNA~
Lo había visto en algunas fotografías de artículos y periódicos y me había parecido muy guapo. Pero verlo en persona no se compara en nada con lo que muestran las fotografías. Puedo decir, con toda la seguridad del mundo, que todas esas fotografías y artículos con los que lo stalkeé jamás le hicieron la debida justicia. Alexander Thompson es alto. Debe medir entre 1,90 o 1,92 metros. Pero no es de esos hombres altos que se ven encorvados por su estatura o a quienes la altura no les sienta bien. Él se ve imponente, elegante y varonil. Puedo asegurar, con toda certeza, que es de esos hombres que, dondequiera que van, se imponen con su presencia. Es de tez blanca, pero no pálida; más bien, tiene un suave bronceado que le luce espectacular. Tiene el cabello castaño oscuro, liso y peinado de lado, y unos preciosos ojos de un color azul que se asemeja al cielo. Su rostro parece haber sido tallado por las mismísimas manos del dios de la belleza. Tiene una mandíbula prominente que dan ganas de comerse a besos y mordidas, enmarcada por una media barba que lo hace parecer un semental descomunal. «¡Dios!» Admito que Roddy tiene lo suyo, pero, al lado de este hombre, queda como un payaso. ¿Cómo pudo esa mujer engañar a semejante hombre con Roddy? No le encuentro la lógica. A menos que tenga el pene pequeño o sea muy malo en la cama. Porque Roddy estaba bien dotado. No era algo exagerado, pero tenía lo suyo. Y en la cama… pues, pienso que era muy bueno. Aunque no sabría decirlo con certeza, ya que es el único hombre con el que he estado. Este hombre solo me provoca muchas dudas. La verdad es que no entiendo nada. —Buenos días, licenciado Thompson —mi voz suena algo temblorosa. Camino hacia su escritorio, sintiendo que los nervios me van a matar. Las piernas me flaquean y pienso que en cualquier momento caeré de bruces contra el suelo. Así que aprieto con más fuerza el iPad, inhalo profundamente y trato de calmarme con cada paso que doy. —Buenos días, licenciada Kalthoff —me saluda, extendiendo una mano hacia mí—. Es un placer conocerla y tenerla en nuestra empresa. Su voz es irreal. Varonil, pero no demasiado ronca, sino con la entonación ideal para hacer que mojara mis bragas si me susurrara algo al oído. —El placer es todo mío, licenciado Thompson —le digo, extendiendo la mano con nerviosismo. El apretón de su mano es cálido. Durante un momento, nos miramos fijamente a los ojos y él esboza una hermosa sonrisa. Una de esas sonrisas que le iluminan la vida a cualquiera. Siento que me voy a derretir por completo. Se ve mucho más apuesto cuando sonríe. «¿Cómo puede alguien engañar a este hombre? ¿Qué es lo que tiene de malo? Tengo que resolver cada una de estas dudas antes de que mi cabeza explote.» Cuando nuestras manos se separan, él se mueve rápidamente para retirar la silla en la que voy a sentarme, comportándose como todo un caballero. Al pasar junto a mí, el olor de su perfume me invade por completo. Huele tan delicioso que me dan ganas de lanzarme sobre él y pasar la lengua por toda su piel. Cuando se sienta en su silla, al otro lado del escritorio, se ve tan imponente que me hace sentir como una cría en su primer día de escuela. —¿Cómo va su primer día en nuestra empresa, licenciada Kalthoff? —me pregunta mientras hace girar un bolígrafo entre los dedos, aunque los dos anillos de plata que lleva en los dedos índice y meñique se roban parte de mi atención. Como sigo absorta ante su majestuosa belleza, me cuesta encontrar las palabras correctas para responder a su pregunta. Después de unos segundos, me obligo a concentrar toda mi atención en ella y le respondo: —Bien, bien. «¡Por Dios! ¡Parezco una tonta! Concéntrate, Anna. No quedes frente a él como una imbécil.» —¿Ya ha conocido al equipo de ventas? —continúa. En sus labios se asoma el atisbo de una sonrisa. «Concéntrate, Anna, por el amor de Dios. Puedes hacerlo bien.» —Ah… —entrecierro los ojos, buscando las palabras—. Todavía no. «¡Bien! Sigue así.» —Pero, al salir de aquí, tengo una reunión con todo el equipo para que podamos conocernos. Expulso el aire que tenía retenido en los pulmones y trato de relajarme. —Muy bien. Me habría gustado organizar una reunión con los demás directores de los otros departamentos para que se conocieran, pero la mayoría no se encuentra en sus oficinas. —Ya habrá tiempo para eso. Lo importante era conocerlo a usted, licenciado, que es quien nos dirige a todos para que podamos lograr nuestros objetivos. —Eso espero. Pedí reunirme con usted para que podamos planear nuevas estrategias de mercado. Y, ya que trabajó con una de las compañías más exitosas de Europa, pienso que quizá podría ayudarnos a expandir nuestro mercado hacia allá. —Es algo que ya traía en mente —admito—. De hecho, estuve hablando con algunos de mis clientes. Les conté sobre mi cambio laboral y les pregunté si estarían interesados en expandir su mercado hacia América. Sé que algunos ya tienen presencia aquí, pero les he presentado ideas nuevas e innovadoras enfocadas en las personas jóvenes. —Veo que viene decidida a hacer grandes cosas con nosotros y eso me parece maravilloso. Esboza una sonrisa de satisfacción. Apoya los codos en los reposabrazos de la silla y tengo que tragar grueso para volver a concentrarme, porque los músculos de sus brazos se marcan tan exquisitamente bajo las mangas del saco que no quiero imaginar cómo serán al descubierto. Carraspeo y hago un esfuerzo monumental para alejar mis pensamientos de aquellos músculos y poder continuar hablando. —De hecho, quiero mostrarle esta presentación que he preparado para el nuevo plan de marketing digital que quiero implementar con el fin de captar nuevas cuentas —le comento—. Pienso que la compañía con la que trabajan actualmente no está mal, pero, ya que Thompson Group tiene un crecimiento tan acelerado, las opciones que presenta esa compañía no son suficientes. —Entiendo. Se queda pensando durante unos segundos y luego asiente, moviendo la cabeza con lentitud. —Está bien. Voy a confiar en sus planes y quiero que haga las cosas a su manera y como usted considere mejor. Tiene absoluta libertad para realizar los cambios que desee en el plan de comercialización. Le sonrío. —Créame, licenciado, no se va a arrepentir. Espero poder cumplir con las expectativas y usted verá que los resultados serán exitosos para la compañía. Abro en el iPad el programa que contiene la presentación. —¿Puedo acercarme para que vea la presentación? No puedo esconder el sentimiento de vergüenza al hacer la pregunta y estoy segura de que mis mejillas se han puesto coloradas, ya que puedo sentir el calor en ellas. —Si desea, podemos sentarnos en las butacas —propone, señalando los asientos que se encuentran en la sala de reuniones. —Está bien. Ambos nos levantamos de nuestros asientos. Yo lo hago con nerviosismo porque estaremos más cerca el uno del otro, mientras que él se muestra de lo más tranquilo y sereno. Me cede el paso y me siento primero en la butaca. Luego, él se sienta a mi lado, cerca de mí. ¡Muy cerca de mí, maldita sea! Dios. El olor de su perfume remueve hasta lo más profundo de mi ser. Es un aroma masculino y suave, como una brisa fresca. Cierro los ojos durante un momento, deleitándome con él. «¡Aleja esos pensamientos, Anna! Se supone que eres tú quien viene a seducirlo, no al revés.» —Bien… —Carraspeo un poco para aclararme la garganta. Volteo a verlo y nuestros rostros están bastante cerca, a escasos centímetros de distancia. Contemplo sus hermosos ojos y noto en ellos un pequeño brillo que me cautiva. Luego bajo la mirada hacia sus labios y me entran unas ganas enormes de besarlos, porque están como para morderlos suavemente.






