Ragnar la levantó en sus brazos como si no pesara nada, ignorando que sus propias piernas todavía estaban inestables por la reciente transformación. Podía sentir su olor ahora, más dulce como vainilla, rico como los cítricos del valle y más embriagador que nunca, llamándolo de formas que hacían que su sangre hirviera y partes de su cuerpo despertaran.
—Nuestra mate, nuestra Artemis. Necesita de nosotros y tenemos que hacer lo que sea necesario para satisfacerla y hacerla feliz. —dijo Zubek en s