76. LA HISTORIA DEL VILLANO 2.
No tuve piedad de nadie.
Ni siquiera de ella.
Mi madre.
Un niño siempre espera que su madre lo proteja. Que sea escudo, refugio... hogar.
Pero ella no fue nada de eso. Me escondió. Me negó. Me abandonó con sus silencios.
Al final, cuando me miró con ese gesto de súplica, temblando entre los escombros de la casa familiar, vi en sus ojos que nunca pensó que yo llegaría tan lejos.
Y entonces supe que la había subestimado. Ella no era débil. Solo fue cobarde.
Por eso no temblé cuando apreté mi puño