Al acercarme a la puerta, noté que estaba entreabierta. Leandro no estaba solo. Instintivamente quise alejarme, dar media vuelta y fingir que no había visto nada, pero una voz femenina, que claramente no hablaba de negocios, me detuvo en seco.
Con el corazón en la garganta, me acerqué más, asomándome por la rendija. Él estaba sentado en el escritorio, y ella... ella estaba muy cerca de él. Mi mirada bajó hasta su vientre abultado. Estaba embarazada. Era una mujer madura, tal vez de unos treinta