Katherine Olson
Pasaron unos días y, aunque Leandro y yo intentábamos controlar la situación en PRISM, la tensión era evidente. La frustración crecía al no descubrir cómo robaban el dinero de la empresa. Era como si usaran magia, porque quienquiera que lo hiciera no dejaba rastro.
Era lógico pensar que todo había empeorado desde aquella noche en que robaron a Leandro. Sus accesos eran vulnerables y, aunque intentó bloquearlos, parecía haber una brecha que permitía al ladrón seguir infiltrándose