No se conformó con estrechar la mano de Leandro, sino que lo envolvió en un abrazo que, con todo el peso de sus joyas, casi parecía una trampa dorada. Luego se volvió hacia mí y no pude evitar tragar saliva. No quería que me abrazara a mí también, tenía miedo.
—Y tú, la bendecida, ¿cómo están los herederos? Quiero que nazcan ya para apadrinarlos. Estaba mirando las tierras que tengo para ellos en Arabia, ¡será un lugar espectacular! —añadió, mientras tomaba mis manos y luego me abrazaba efusiva