Él me miró con compasión y asintió; yo, sin dudarlo, corrí tras ella. La alcancé justo cuando esperaba el ascensor y la abracé con fuerza, permitiéndole llorar todo lo que necesitara. No encontraba las palabras adecuadas para consolarla, pero podía sentir sus latidos fuertes, más fuertes de lo normal, llenos de vida, sosteniéndose contra mi pecho.
Haría lo que fuera necesario por ella, buscaría todas las opiniones médicas posibles, no podía aceptar que se dejara caer en esa enfermedad sin lucha