Milán se quedó inmóvil unos segundos tras escuchar la pregunta. El aire dentro del auto pareció congelarse. La sonrisa calculada de Rous seguía ahí, clavada en su rostro como una daga envuelta en terciopelo.
Él apartó la mirada, intentando contener la reacción que lo traicionaba. Sus pupilas se dilataron. Su respiración se volvió irregular. —¿Qué dijiste? —preguntó con voz baja, casi un susurro cargado de amenaza.
Rous, segura de sí misma, recostó la cabeza en el asiento y repitió, lenta, sabor