David lo observó con una sonrisa de esas que atraviesan el alma, con olor a pólvora y billetes recién horneados. Se acomodó de nueva cuenta en su asiento, cruzando una pierna sobre la otra, mientras el humo del tabaco se elevaba entre ambos como una serpiente invisible.
Con mucha más confianza y una sonrisa más clara dijo sin rescoldos. —Hablemos de números entonces —dijo con voz grave, arrastrando cada palabra como si saboreara el momento—. Por cada cabeza, recibirás cinco millones. En efectiv