Malakai divisó las lenguas de fuego antes siquiera de percibir el olor del humo, pues el viento, burlón, lo alejaba de su nariz, y una corriente de hielo se deslizó por su columna mientras corría, con el corazón batiendo a ritmo de tambor de guerra, cada zancada que daba, cada latido acelerado, lo empujaba a una verdad ineludible, había sido engañado, y el peligro era mucho más grande de lo que había creído.
La certeza lo golpeó como el zarpazo de una bestia, todo había sido una trampa, burda y