La radiante sonrisa de Alfonso, luego de una magnífica noche, se borró al llegar a su oficina. No había un café a la temperatura perfecta esperándolo ni ninguna delicia de las que Daniela siempre compraba para él.
No estaba Daniela por ninguna parte.
Nueve y media y ella llegó. Venía corriendo con una bolsa de la amasandería San Portos, el cabello despeinado, la camisa fuera de la falda.
Se encontró con Alfonso en el pasillo.
—Lo lamento... Prepararé el café rápido... —estaba sin aliento.
—Hay