Moron abrazaba a Carla sin importarle quién los viera.
Era un hombre de pocas palabras, pero de gestos claros. Un brazo sobre los hombros de su Luna. Una mano en su cintura. Un beso en la frente cuando ella pasaba a su lado.
Carla, al principio, se resistía. No estaba acostumbrada a las muestras de afecto en público. En su familia, los abrazos eran privados. Los besos, más.
Pero Moron no entendía de privacidad.
—Suéltame —decía ella, intentando zafarse.
—No.
—La gente nos mira.
—Que miren.
—Mor