Elena parpadeó. "Señora". La habían llamado "señora". Como si fuera alguien importante. Como si fuera...
—No —se dijo a sí misma—. No puede ser.
Carla apareció por el fondo del pasillo, con una bandeja de frutas en las manos. Al ver a Elena, se detuvo en seco.
—¿Elena? —preguntó, con los ojos abiertos como platos.
—No digas nada.
—Tienes una marca.
—Ya lo sé.
—Una marca de Lycan.
—Ya lo sé.
—En la clavícula.
—¡Ya lo sé!
Carla se acercó, dejando la bandeja en una repisa. Examinó la marca con una