—La cuerda también debe haberla cortado ella con el cuchillo. ¡Voy a atar a Anna esta vez y me aseguraré de que quede bien sujeta!
Dijo Daniel, dispuesto a ir a buscar la cuerda.
—¡No es necesario! —exclamó Anna.
—¿Qué pasa, Anna? —preguntó Daniel.
Anna guardó el bastón de hierro y, con una sonrisa malévola en su rostro gélido, preguntó: —¿Bebieron todo el alcohol?
Daniel asintió. —Sí, gracias por tu generosidad, Anna.
—¿Y no sienten nada... especial? —preguntó ella.
Al escuchar eso, Daniel cone