Desde que amaneció, el castillo estaba más agitado que nunca. Cloe observaba por la ventana, con el ceño fruncido, cómo iban y venían los sirvientes en un ajetreo inusual. Los sonidos de pasos apresurados y voces agitadas llenaban el aire.
Algo claramente estaba ocurriendo, pero nadie parecía dispuesto a explicárselo.
Ethan se encontraba frente al espejo ajustándose los botones de su chaleco oscuro. Con su semblante distante, como si su mente estuviera a kilómetros de allí.
—Ethan, acordamos