La ciudad pasaba por las ventanas en ráfagas de luz y sombra, y Bianca la miraba sin verla.
Tenía las manos en el regazo, con los dedos entrelazados con una fuerza que suplía lo que su compostura no lograba conseguir por sí sola. Había dejado de temblar — o más bien había redirigido el temblor hacia dentro, hacia alguna capa más profunda de sí misma donde no fuera visible, lo cual no era lo mismo que estar tranquila, pero tendría que bastar por ahora.
Oye. - La voz de Alonzo llegó desde su la