La mano de él se quedó donde estaba por un momento, acunando el lado del rostro de ella con una gentileza que parecía casi en contradicción con todo lo que el mundo sabía sobre Diego Diablo —las salas de juntas, la precisión, la reputación que lo precedía en cada habitación. Este no era ese hombre. O más bien lo era, pero era la parte de ese hombre que existía por debajo de toda la armadura, la parte que ella sospeaba que a muy pocas personas se les había permitido acercarse lo suficiente como