La primera señal real de fricción no llegó con un grito.
Llegó con un retraso.
Un retraso mínimo, casi invisible, en el relevo de la patrulla del corredor oriental.
Dos minutos.
Nada que, en otro momento, hubiera merecido atención.
Pero yo ya no estaba mirando eventos. Estaba mirando ritmos.
Y cuando un ritmo se quiebra, aunque sea apenas, el cuerpo que lo sostiene empieza a mostrar su fatiga.
Me detuve al borde del sendero que conectaba las plataformas de observación con el núcleo del campamen