Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Scott
Cierro la puerta de la entrada con más fuerza de la necesaria.
Mi cabeza es un puto torbellino y el enojo corre por mis venas impidiéndome pensar con claridad.
Estas últimas horas han dado vuelta por completo mi vida.
Primero con el tema de la empresa y la filtración de los datos. Millones de dólares se perdieron, y ahora tengo a la junta respirándome en la nuca. Todavía me parece extraño que Johana tenga esa información, porque ha estado en tratamiento por su enfermedad por varios años en el extranjero.
Cuando me llamó y me dijo que tenía esa información, que alguien se había contactado con ella, pero que no conocía a la persona, tuvo mi atención. Después de todo, había una rata en mi empresa y necesitaba saber quién era antes de tener la reunión con el consejo, es decir, en tres días.
Me subí a mi camioneta y dejé salir un suspiro. Apoyé la cabeza en el respaldo antes de siquiera encenderla. Primera vez en estos años de casados que yo salía sin que Alessandra me diera un beso.
Patético.
Por supuesto que nadie me escucharía decir algo así nunca. Pero era algo que ella siempre hizo, algo a lo que me acostumbré porque me gustaba. Sin embargo, estábamos en un grave desacuerdo porque ella tenía la idea de que yo la estaba engañando.
Jamás la engañaría.
Desde la primera vez que la vi me enamoré de ella. Alessandra es la clase de mujer que llama la atención a cualquier lugar que vaya. En ese entonces, todos se giraban a mirarla por la forma en que caminaba, sonreía y hablaba. No debería sorprenderme que otros hayan estado interesados en ella.
Sin embargo, me escuece el saber que podría haber elegido a cualquier otro, que hubieran tantos que querían ser los afortunados.
—¡Mierda! —mascullo golpeando el volante.
Enciendo la camioneta y salgo de la casa. Sé que me espera un largo día en la empresa y mi humor no está nada sincronizado con esto. Hemos tenido problemas antes, pero siempre contaba con Alessandra para mirar nuevas ideas. Sin embargo, su actitud de indiferencia ha cortado en mi pecho más de lo que debería.
¿Puedo culparla?
Por supuesto que no, incluso me sorprende que no me haya echado de la casa o ella se haya ido. No quiero que lo haga.
Hoy se supone que Johana me va a decir por qué no puedo comentar esta información con Alessa. Cuando lo mencionó, me pareció demasiado raro. No podía entender bien cual era el problema, pero luego mencionó que podría ser peligroso que más gente lo supiera. Y poner en peligro a mi esposa, estaba fuera de discusión.
Al llegar a la empresa, mi humor era todavía peor desde cuando salí de la casa. Me senté detrás del escritorio y le envíe un mensaje a Alessa. Ni siquiera necesitaba una camisa ni nada, pero quería… No sé que quería. Un golpe en la puerta me saca de mis pensamientos.
—Pase —hablo.
La puerta se abre dando paso a mi secretaria Rubi.
—Señor, la señorita Montessori está aquí.
—¿Alessandra? —pregunto con esperanza, que se esfuma cuando ella niega.
—La señorita Johana.
Dejo salir un pequeño suspiro, me paso los dedos por la sien y le hago un gesto que ella ya reconoce para que deje pasar a Johana. Apenas entra, me sonríe de una forma que me hace sentir incómodo. Estos días se ha comunicado conmigo de una forma extraña. Sé que al principio se sentía atraída por mí, aunque no le di importancia porque solo mis ojos miraban a Alessandra.
M****a, soy el esposo de su hermana, no debería mirarme con otros ojos.
—Scott —saluda.
Veo intención de caminar hacia mí, así que le hago una señal con la mano para que se siente en una de las sillas frente a mi escritorio. Su sonrisa se tambalea un poco, pero lo hace.
—Gracias por venir, me gustaría saber todo lo que tienes por decirme —hablo de inmediato.
Su rostro cambia, como si estuviera a punto de darme una noticia fatal. No sé qué podría ser más malo que esto.
—¿Quién tiene acceso a tu sistema privado de la empresa? —pregunta.
Frunzo el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso?
—La filtración viene de tu cuenta, aunque no sé hizo desde tu computador personal, ni de ninguno de la empresa —dice extendiendo unos papeles hacia mí—. ¿Quién más tiene acceso?
—Solo yo y… Alessandra —digo moviendo la cabeza—. Pero sería imposible en cualquiera de los casos. Debe haber algún hackeo, que es lo que también estoy averiguando.
Johana sigue mirándome como si me tuviera lastima.
—No tienes que seguir buscando, Scott —se acomoda en la silla, estirando su mano para tomar la mía, que aparto—. El informe lo dice, se filtró desde el computador de Alessandra en la empresa de la familia.
Me quedó de piedra.
Eso es jodidamente imposible.
Alessandra nunca haría eso. Sin embargo, los papeles indican que así fue.
—No, es imposible —mascullo poniéndome de pie.
Johana se para a mi lado.
—Scott, es lo que temía decirte…
—No puedes creer que ella haría algo así, ¡es tu hermana! —digo con los dientes apretados.
Sin embargo, el papel decía lo contrario. Indicaba expresamente que la filtración venía desde la computadora de Alessa. Lo que era aún más raro, ya que ella casi no iba a la empresa de su familia. Las pruebas estaban ahí, nítidas en la hoja que parecía estar taladrandome la nunca. Ardiendo en mi mano.
Sabiendo que si esto fuera verdad, las quemaría yo mismo.
No hay un universo en donde yo creería que Alessandra, mi esposa, con lo amable e inteligente que es, haría algo así. Que me traicionaría de esa forma.
—Lo sé, pero a veces no podemos confiar tan ciegamente en las personas —sigue diciendo.
Me sorprenden sus palabras, en el sentido de que está aquí diciéndome que su hermana entregó información importante a otra empresa para perjudicarme, y ni siquiera le ha dado el beneficio de la duda. Al mirar su rostro, la veo completamente segura de que fue su hermana quién lo hizo.
Miro hacia la ventana, observando cómo la sociedad sigue su curso sin siquiera inmutarse por la espina que estoy sintiendo ahora mismo. No necesito hacerle creer a Johana que su hermana es inocente, porque sé que lo es.
Ella deja salir un suspiro.
—Sabía que esto te iba a afectar, así que envíe copia de los archivos a la junta…
Me giro tan rápido que casi la empujo.
—¿Qué hiciste? —gruño entre dientes.
Johana abre los ojos sorprendida por mi furia, y da un paso atrás.
—Scott, piénsalo bien, por favor…
—¿Te dije que lo hicieras? ¡Eso no te corresponde! —grite
Johana me miraba con terror, como si nunca hubiera pensado que sería capaz de gritarle. Pero ¡maldita sea! Ella no tenía ni idea de lo que acaba de hacer. Casi como si fuera una muerte anunciada, mi secretaria entra a mi oficina. Su rostro me lo dice todo. Traga saliva y sus nervios me ponen peor.
—Señor, la junta solicita su presencia de inmediato —habla—. Dicen que si no se presenta con la señora Alessandra, llamarán a la policía.







