Cuando volví a ver a Adrián, estaba terriblemente demacrado. Su cuerpo, antes fuerte, se había marchitado, apenas era una sombra del poderoso Alfa que solía ser.
Miraba por la ventana con la vista perdida. Solo cuando entré en la habitación, una chispa de luz regresó a sus ojos vacíos.
Bajó la mirada hacia su propio cuerpo devastado por la maldición y soltó una risa autodespreciativa. —Esperanza... ahora me veo horrible, ¿verdad?
No respondí.
Continuó. —Lo siento, fui demasiado codicioso y débil