Mis manos sudaban frio, estaba ansioso.
El aire ardía. Llevábamos días preparando el ataque, afinando cada detalle, pero nada calmaba la presión que sentía en el pecho. Cada segundo que pasaba sin tenerla entre mis brazos era una tortura. Amara. Su nombre me quemaba en el pecho cada vez que lo pensaba. Habían pasado meses desde que la perdí. Meses de silencio, de imágenes que no podía sacar de la cabeza, era ella, mi dulce luna. Y hoy la tendría conmigo
Había traído a veinte de mis hombres de