—¡Detente! —veo como su cuerpo se estremece y sus ojos se ponen en blanco como una clara advertencia del enorme orgasmo que está por atravesar su cuerpo—: ¡qué te detengas! —le ordeno poniéndome de pie. —Su cuerpo da una última sacudida, lanzando un sonoro gemido y se desploma sobre la cama jadeando—. Me parece que debo darte un castigo por desobedecerme Astartea.
Tomo el arnés que se encuentra en el mueble y con una sonrisa malvada me acerco a la rubia que me mira sonriente, ansiosa por recibi