Ragnar no apartaba su mirada de la mía, y en sus ojos había una mezcla de determinación y miedo. Era como si él también estuviera luchando con lo que veía frente a sí.
—Eres una bruja, Aldara —dijo finalmente, su voz ronca, casi un susurro, pero cada palabra me golpeó como un trueno.
—No puede ser... —intenté retroceder, pero sus manos me sostuvieron con suavidad, como si temiera que me rompiera.
—Lo sabes —insistió—. Lo sientes.
Y lo sentía. Un calor que parecía provenir de mi propio pecho, qu