Jennie Frost
La puerta se cerró detrás de mí con ese clic pesado y familiar,
como si la casa misma exhalara después de haber contenido la respiración durante noventa y tres días.
Me quedé allí, en el vestíbulo, dejando que el silencio se posara sobre mi piel.
Cedro, libros viejos, el fantasma de los saquitos de lavanda de mi madre todavía guardados en cada cajón;
todo olía a recuerdo, a seguridad, a mío.
Mis botas dejaron tenues huellas de polvo de Lisboa en la alfombra persa,
y no me molesté e