Jennie
Las escaleras crujieron bajo mis pies descalzos como si me estuvieran advirtiendo.
Me detuve en el último escalón, el jersey deslizándose por un hombro, la piel todavía febril y vibrando con la voz de Vuk.
Tenía los muslos húmedos, el pulso inestable, y la casa olía a costillas cortas, a chocolate y al fondo y al inconfundible almizcle de lo que acababa de hacer sobre las sábanas de arriba.
Papá estaba en el vestíbulo, con el abrigo a medio quitar, el pelo plateado atrapando la luz de la