Jennie
Las escaleras crujieron bajo mis pies descalzos como si me estuvieran advirtiendo.
Me detuve en el último escalón, el jersey deslizándose por un hombro, la piel todavía febril y vibrando con la voz de Vuk.
Tenía los muslos húmedos, el pulso inestable, y la casa olía a costillas cortas, a chocolate y al fondo y al inconfundible almizcle de lo que acababa de hacer sobre las sábanas de arriba.
Papá estaba en el vestíbulo, con el abrigo a medio quitar, el pelo plateado atrapando la luz de la araña.
Dos meses fuera y parecía mayor (líneas más duras alrededor de los ojos, hombros cargando continentes de acuerdos y jet-lag).
Pero cuando me vio, toda su cara se abrió de golpe.
—Jeanie-bug.
Ese apodo. Dios. No lo había oído desde que tenía dieciséis años.
Dejó caer el maletín y abrió los brazos.
Caminé directo hacia ellos, dejándolo aplastarme contra su abrigo de lana que todavía olía a aeropuerto y a los cigarrillos de clavo que cree que no sé que fuma.
Temblaba un poco. Yo también.
—M