Cerré la puerta del maletero deseando que las ataduras y el cansancio de los otros les impidiesen hacer daño a la pareja.
—Où sont les autres?— repetí, esta vez con la seguridad de que él sí sabía dónde íbamos a ser atacados.
Sabía que él no se iba a abrir tan fácilmente como el novato enamorado, de modo que tuve que sacar la artillería pesada.
—Hades, vas a tener que alejarte.— agarré el botecito lleno de flores moradas que llevaba escondido en el sujetador.
—¿Eso es acónito?— preguntó él llen