CHRISTIAN
El resto del trayecto transcurre en un silencio sepulcral. La rabia flota entre los dos, densa y sofocante, apretándome la garganta. Ella se cree que ha ganado hoy por habérselas ingeniado para escaparse.
No tiene ni puta idea de lo que le espera en cuanto cruzemos las puertas principales.
El coche se detiene. Empujo la puerta y salgo al aire frío de la noche. Rodeo el vehículo y le abro la puerta antes de que pueda tocar la manilla.
—Puedo andar sola —escupe.
—Pues anda.
Se baja, roz