CHRISTIAN
—Shhh. Ni un ruido —musito.
Ella gimotea.
—¿No es esto lo que querías? —me inclino sobre ella, con voz dura—. ¿Cuando estabas perreando en una sala llena de pollas hambrientas?
Otro azote. Más fuerte. ¡ZAS!
—¡Joder... eso duele! —se queja.
Miro fijamente la marca roja brillante de mi mano que empieza a florecer sobre su piel. La visión de mi marca en su carne me manda una descarga de calor directo al cerebro.
—Querías a esos hombres entre tus muslos, pedazo de calientapollas —murmuro,